Mis Recuerdos

EL HOGAR DEJO POR QUE IGNORO EL AMOR VERDADERO

El hogar es el centro de mi ser, allí donde puedo oir la voz que dice: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco» -la misma voz que dio vida al primer Adán y habló a Jesús, el segundo Adán; la misma voz que habla a todos los hijos de Dios y los libera de tener que vivir en un mundo oscuro, haciendo que permanezcan en la luz. Yo he oído esa voz. Me habló en el pasado y continúa hablándome ahora. Es la voz del amor que no deja de llamar, que habla desde la eternidad y que da vida y amor dondequiera que es escuchada. Cuando la oigo, sé que estoy en casa con Dios y que no tengo que tener miedo a nada. Como el Amado de mi Padre celestial, «aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré» (Salmo 23,4). Como el Amado, puedo curar a los enfermos, resucitar a los muertos, limpiar a los leprosos, arrojar a los demonios (Mt 10,8). Habiendo «recibido gratis» puedo «dar gratis.» Como el Amado, puedo enfrentarme a cualquier cosa, consolar, amonestar, y animar sin miedo a ser rechazado y sin necesidad de afirmación. Como el Amado, puedo sufrir persecución sin sentir deseos de venganza, y recibir alabanzas sin tener que utilizarlas como prueba de mi bondad. Como el Amado, puedo ser torturado y asesinado sin tener ninguna duda de que el amor que se me da es más fuerte que la muerte. Como el Amado, soy libre para dar y libre para recibir, libre incluso para morir al tiempo que doy vida.
Jesús me hizo ver claro que yo también puedo escuchar la misma voz que El escuchó en el río Jordán y en el Monte Tabor. Me hizo ver claro que yo, lo mismo que Él, tengo mi casa junto al Padre. Pidiendo al Padre por sus discípulos, dice: «Ellos no pertenecen al mundo, como tampoco pertenezco yo. Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad. Yo los he enviado al mundo como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan enteramente a ti por medio de la verdad.» (Jn 17,16-19) Estas palabras revelan cuál es mi verdadero hogar, mi auténtica morada, mi casa. La fe es la que me hace confiar en que el hogar siempre ha estado allí y en que siempre estará allí. Las manos firmes del padre descansan en los hombros del pródigo en una bendición eterna: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco.»
He abandonado el hogar una y otra vez. ¡He huido de las manos benditas y he corrido hacia lugares lejanos en busca de amor! Esta es la gran tragedia de mi vida y de la vida de tantos y tantos que encuentro en mi camino. De alguna forma, me he vuelto sordo a la voz que me llama «mi hijo amado», he abandonado el único lugar donde puedo oír esa voz, y me he marchado esperando desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que ya no era capaz de encontrar en casa.
Al principio todo esto suena increíble. ¿Por qué iba a dejar el lugar donde puedo escuchar todo lo que necesito oír? Cuanto más pienso en esto, más consciente me hago de que la verdadera voz del amor es una voz muy suave y amable que me habla desde los lugares más recónditos de mi ser. No es una voz bulliciosa, que se impone y exige atención. Es la voz del padre casi ciego que ha llorado mucho y ha librado muchas batallas. Es una voz que sólo puede ser escuchada por aquéllos que se dejan tocar.
Sentir el contacto de las manos benditas de Dios y escuchar su voz llamándome «mi hijo amado» son una misma cosa. El profeta Elías vio esto muy claro. Elías estaba sentado en el monte esperando encontrarse con Yavé. Y delante de él pasó un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas; pero no estaba Yavé en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yavé en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yavé en el fuego.
Tras el fuego vino un ligero y suave susurro. Cuando lo oyó Elías, se cubrió el rostro con su manto porque sabía que Yavé estaba presente. En la ternura de Dios, la voz era como un contacto y ese contacto era también la voz. (/1R/19/11-13) /Mt/04/01-11: Pero hay muchas otras voces, voces fuertes, voces llenas de promesas muy seductoras. Estas voces dicen: «Sal y demuestra que vales.» Poco después de que Jesús escuchara la voz llamándole «mi hijo amado», fue conducido al desierto para que escuchara aquellas otras voces. Le decían que demostrara que merecía ser amado, que merecía tener éxito, fama y poder. Estas voces no me son desconocidas. Siempre están ahí, y siempre llegan a lo más íntimo de mí mismo, allá donde me cuestiono mi bondad y donde dudo de mi valía. Me sugieren que tengo que, a través de una serie de esfuerzos y de un trabajo muy duro, ganarme el derecho a que se me ame. Quieren que me demuestre a mí mismo y a los demás que merezco que se me quiera, y me empujan a que haga todo lo posible para que se me acepte. Niegan que el amor sea un regalo completamente gratuito. Dejo el hogar cada vez que pierdo la fe en la voz que me llama «mi hijo amado» y hago caso de las voces que me ofrecen una inmensa variedad de formas para ganar el amor que tanto deseo.
He escuchado estas voces casi desde que tengo oídos y siempre me han acompañado. Me han llegado a través de mis padres, mis amigos, mis maestros, y mis colegas, pero sobre todo, me han llegado y todavía me llegan, a través de los medios de comunicación que me rodean. Y dicen: «Demuéstrame que eres un buen chico. ¡Y mejor todavía si eres mejor que tu amigo! ¿Qué tal tus notas? ¡Estoy seguro de que lo que hagas lo harás por ti mismo! ¿Qué contactos tienes? ¿Estás seguro de que quieres ser amigo de esa gente? ¡Estos trofeos demuestran lo buen deportista que eras! ¡No descubras cuáles son tus debilidades porque te utilizarán! ¿Ya lo has arreglado todo para cuando te jubiles? ¡Cuando dejas de producir, dejas de interesar a la gente! ¡Cuando estás muerto, estás muerto!»
Cuando permanezco en contacto con la voz que me trata como a un hijo amado, estas preguntas y consejos me parecen inofensivos. Padres, amigos y profesores, incluso los que me hablan a través de los medios de comunicación, son muy sinceros. Sus advertencias están bien intencionadas. De hecho, pueden ser expresiones limitadas de un amor divino sin límites. Pero cuando olvido la voz del amor incondicional, entonces estas sugerencias inocentes pueden comenzar a dominar mi vida muy fácilmente y empujarme hacia el «país lejano.» No me resulta nada difícil reconocer cuándo ocurre esto. Cólera, resentimiento, celos, deseos de venganza, lujuria, codicia, antagonismos y rivalidades son las señales que me indican que me he ido de casa. Y me ocurre con bastante facilidad. Cuando me paro a pensar sobre lo que pasa por mi mente, llego a la conclusión de que son muy pocos los momentos durante el día en los que me siento realmente libre de estas emociones, pasiones y sentimientos oscuros.
Cayendo constantemente en la misma trampa, antes de ser plenamente consciente de ello, me encuentro a mí mismo preguntándome por qué alguien me ha hecho daño, por qué me ha rechazado, o por qué no me ha prestado atención. Sin darme cuenta, me veo obsesionado por el éxito, por mi soledad, y por la forma como el mundo abusa de mí. A pesar de mis constantes esfuerzos, a menudo me encuentro soñando despierto, soñando que soy rico, poderoso y muy famoso. Todos estos juegos mentales me revelan la fragilidad de mi fe en que soy «el hijo amado», aquél en quien descansa el favor de Dios. Tengo tanto miedo a no gustar, a que me censuren, a que me dejen de lado, a que no me tengan en cuenta, a que me persigan, a que me maten, que constantemente estoy inventando estrategias nuevas para defenderme y asegurarme el amor que creo que necesito y merezco. Y al hacerlo, me alejo más y más de la casa de mi padre y elijo vivir en un «país lejano.»
-Buscando donde no puede ser encontrado
La cuestión es la siguiente: «¿A quién pertenezco? ¿A Dios o al mundo?» Muchas de mis preocupaciones diarias me sugieren que pertenezco más al mundo que a Dios. Una pequeña crítica me enfada, y un pequeño rechazo me deprime. Una pequeña oración me levanta el espíritu y un pequeño éxito me emociona. Me animo con la misma facilidad con la que me deprimo. A menudo soy como una pequeña barca en el océano, completamente a merced de las olas. Todo el tiempo y energía que gasto en mantener un cierto equilibrio y no caer, me demuestra que mi vida es, sobre todo, una lucha por sobrevivir: no una lucha sagrada, sino una lucha inquieta que surge de la idea equivocada de que el mundo es quien da sentido a mi vida Mientras sigo corriendo por todas partes preguntando: «¿Me quieres? ¿Realmente me quieres?», concedo todo el poder a las voces del mundo y me pongo en la posición del esclavo, porque el mundo está lleno de «síes.» El mundo dice: «Sí, te quiero si eres guapo, inteligente y gozas de buena salud. Te quiero si tienes una buena educación, un buen trabajo y buenos contactos. Te quiero si produces mucho, vendes mucho y compras mucho.» Hay interminables «síes» escondidos en el amor del mundo. Estos «síes» me esclavizan, porque es imposible responder de forma correcta a todos ellos. El amor del mundo es y será siempre condicional. Mientras siga buscando mi verdadero yo en el mundo del amor condicional, seguiré «enganchado» al mundo, intentándolo, fallando, volviéndolo a intentar. Es un mundo que fomenta las adicciones porque lo que ofrece no puede satisfacerme en lo profundo de mi corazón Soy el hijo pródigo cada vez que busco el amor incondicional donde no puede hallarse. ¿Por qué sigo ignorando el lugar del amor verdadero y me empeño en buscarlo en otra parte? ¿Por qué sigo marchándome del hogar donde soy tratado como un hijo de Dios, el amado de mi Padre? Estoy admirado de cómo sigo cogiendo los regalos que Dios me ha dado -mi salud, mis dones intelectuales y emocionales- y sigo utilizándolos para impresionar a la gente, para reafirmarme, y para competir por el premio, en vez de utilizarlos para gloria de Dios. Sí, a menudo los llevo conmigo a la «tierra lejana» y los pongo al servicio de un mundo explotador que no reconoce su valor verdadero. Es casi como si quisiera demostrarme a mí mismo y al mundo que no necesito del amor de Dios, que puedo vivir por mí mismo, que quiero ser plenamente independiente. Detrás de todo esto está la gran rebelión, el «No» rotundo al amor del Padre, la maldición no expresada con palabras: «me gustaría que estuvieses muerto.» El «No» del hijo pródigo refleja la rebelión original de Adán: su rechazo al Dios en cuyo amor hemos sido creados y cuyo amor nos sostiene. Es la rebelión que me coloca fuera del jardín, fuera del alcance del árbol de la vida. Es la rebelión que hace que me disperse en un «país leiano.» El significado de la vuelta del hijo menor está expresado en las palabras: «Padre, ... Ya no merezco llamarme hijo tuyo.» Por un lado, el hijo menor se da cuenta de que ha perdido la dignidad de su vínculo filial pero, al mismo tiempo, ese mismo sentido de pérdida de dignidad le hace consciente de que por ser hijo, tenía una dignidad que perder .

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

0 Response to "EL HOGAR DEJO POR QUE IGNORO EL AMOR VERDADERO"

Publicar un comentario